sábado, 16 de noviembre de 2013

Margarita no quiere ir a Brasil

Margarita no quiere ir a Brasil
noviembre 15, 2013
Irina Echarry

HAVANA TIMES — Margarita siempre quiso ser doctora, estaba dispuesta a
realizar su labor en cualquier rincón del mundo, incluso en el hospital
Calixto García, donde trabaja desde hace varios años. "Es como un
familiar que uno ve deteriorarse lenta y progresivamente", me dice
cuando le pregunto por las malas condiciones del hospital.

Con poco tiempo de graduada se fue a Venezuela a cumplir misión; era la
oportunidad de conocer otras costumbres, otros paisajes, otras personas.

Y sí, aprendió mucho, sobre todo pudo tratar enfermedades que aquí no
había visto; dio apoyo a familias afectadas por las guerras de
pandillas; incluso asistió un parto. Pero lo que Margarita recuerda con
más dolor es la convivencia con los otros médicos cubanos.

Vivía en una casa con cuatro doctores más —con una edad promedio de 45
años—, profesionales reconocidos y probados en su trabajo.

Como ella era la única mujer, desde el principio se dio por sentado que
atendería la cocina. Margarita, acostumbrada a alimentar a su hermana
menor desde la muerte de la madre, se hizo cargo sin chistar. Así fue
pasando el tiempo entre reuniones, actos patrióticos, consultas y cursos
de perfeccionamiento en cualquier cosa.

Margarita se sentía extenuada, no tenía anemia ni siquiera creía estar
enferma, pero el cansancio no la abandonaba. Se puso a pensar, a buscar
algún indicio que le explicara el motivo de su constante agotamiento y
lo encontró.

Resulta que Margarita no solo cocinaba, sino que también limpiaba la
casa, organizaba, fregaba, cargaba el agua cuando hacía falta… y además
compraba la comida. Eso último fue lo que la hizo reaccionar, enseguida
convocó a una reunión con los demás inquilinos.

No todos asistieron, tenían asuntos más urgentes como comprar su
botellita para el fin de semana o "pescar" alguna venezolana que los
hiciera olvidar la terrible separación familiar. Los dos que se
reunieron con ella estuvieron de acuerdo —después de sugerir que eran
caprichos de mujer o más bien histeria femenina— en abonar una parte del
salario para las compras colectivas.

Claro que eso no duró mucho, por un motivo u otro Margarita siguió
pagando el alimento de todos durante unas semanas más…hasta que se
cansó. Convocó otra reunión y sólo asistió uno —¿quién aguanta tantos
caprichos?—.

El único que decía entenderla aunque tampoco daba dinero le habló de la
soledad y sus consecuencias, intentó convencerla de que él podría
protegerla de los otros, ayudarla, solo necesitaba saber si ella quería
aliviarle el dolor de la distancia.

Inmediatamente, Margarita pidió cambio de casa, y como no lo consiguió
tomó la decisión de no cocinar más. Dejó de limpiar y le importaba poco
si la casa estaba regada o no, solo la habitación donde dormía merecía
su atención y, a veces, el baño.

Margarita estuvo cuatro años compartiendo su vida con esos abnegados
profesionales de la salud. Una experiencia inolvidable —me dice— que no
quiero repetir.

Las noticias nos cuentan con orgullo que la mitad de los colaboradores
de la salud son mujeres, y algunos artículos hablan de la solidaridad,
del deber cumplido o de su desempeño en la vida profesional. ¿Y la otra
parte quién la cuenta?

La gran mayoría de las colaboradoras sigue sufriendo los estereotipos de
género, sus coterráneos arrastran los prejuicios machistas hasta lejanos
confines y ellas, los secundan. Las que se resisten, sufren el doble.
Por eso ahora Margarita no quiere ir a Brasil.

Source: "Margarita no quiere ir a Brasil - Havana Times en español" -
http://www.havanatimes.org/sp/?p=91914

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