jueves, 5 de noviembre de 2015

El “sidatorio”

El "sidatorio"
Una visita a un sanatorio cubano donde permanecían ingresados pacientes
de sida, sin posibilidad de salir a la calle
Blanca Acosta, St. Louis, MO | 05/11/2015 12:42 pm

A la memoria de Veguilla[i]
En la terrible década de los 90, de los apagones de 20 horas, la
epidemia de polineuritis por malnutrición, de tener que enviar a mis
hijos a la escuela sin desayunar, se me dio una oportunidad caída del
cielo. Sucedió, no me acuerdo cómo, que la revista Color de la Benetton
me pidió que colaborara en ella con artículos en inglés cuyos temas
ellos me enviaban; el buen pago en dólares fue una tabla de salvación
para mi familia.
La Color no es de las publicaciones que se comen el millo de la finca
linda y, al menos en aquel momento, estaba al tanto de todo lo que
sucedía en Cuba… y en Johannesburgo; lo que sucedía en todo el mundo.
La tercera colaboración que me solicitaron fue un artículo sobre el
campo de concentración en que el gobierno cubano había encerrado a todos
los enfermos de sida.
El "sanatorio", en honor a la verdad, tenía un enclave maravilloso, creo
que en Arroyo Naranjo, no me acuerdo exactamente, pero una jaula, aunque
sea de oro, sigue siendo una jaula, y eso era el sidatorio donde sus
presos no tenían siquiera derecho a tener contacto con la familia más
cercana[ii]. Varias veces hube de ir a aquel sitio para solicitar una
entrevista con alguno de los "internos". Cuando ya pensaba que no me la
iban a conceder, me llegó la autorización.
El día de la entrevista me recibió en aquella opulenta finca un
funcionario/médico; me invitó a sentarme en uno de los muchos bancos de
piedra del jardín, a esperar por mi entrevistado.
Siempre pensé que me iban a poner a entrevistar a un homosexual, bien es
conocida la homofobia[iii], ahora tapiñadita, del gobierno cubano, y que
querrían decirle al mundo, a través de aquella entrevista, que el sida
en Cuba era solo cosa de homosexuales inicuos. Para mi sorpresa, quien
vino hasta mí, vestido de presidio, es decir con un mono, fue un ex
carne de cañón de Angola… claro, militante del PCC el que muy amable, y
quedamente, me invitó a sentarnos en una de las sillas con mesas.
No puedo decir nada malo de aquel pobre hombre roto, que se sabía
condenado a muerte, quien, tras haber creído que cumplía su deber, se
moriría solo, lejos de su familia. La cercanía de su fin, y la
resignación, o quizás siempre fue así, lo hacían un hombre amable y
cortés dispuesto a contar su calvario.
Había adquirido el sida de una mujer angolana, como tantos otros
compañeros de él, me aclaró.
Tan pronto acudió a un policlínico, con síntomas que no entendía, lo
fueron a buscar a su casa[iv] y le explicaron que tenía que internarse.
Si él en su fuero interno no aceptó las razones esgrimidas, vg., la
salud pública, un mejor tratamiento, adecuada alimentación (cuando el
pueblo se moría de hambre), no me lo dijo; no podía.
Según él, su esposa lo había perdonado ante la magnitud de la tragedia y
cuando le tocaban los "pases" de portados bien, lo consolaba con cariño…
aunque aquel ser humano era inconsolable, varias veces calló para no
echarse a llorar durante el transcurso de lo que era ya una conversación
más que una entrevista.
Después pasó a describirme lo que eufemísticamente llamaba "el
hospital". Allí había un médico por cada cinco enfermos, como si hubiera
mil; en aquellos tiempos el sida era una rápida condena a muerte. A los
ingresados se les proveía de una excelente alimentación (como si le
hubieran dado el Maná), y tenían "actividades culturales"—realmente
macabro—.
Llegó el momento de la estocada periodística:
—¿Y cómo se siente usted preso después de haber servido a su país?
—¡Yo no estoy preso!
—Es decir, que ahora mismo puede decidir volver a su familia y abandonar
este sanatorio…
—Bueno, realmente no.
No quise presionarlo, ya bastante sufría ya. Nos despedimos
amigablemente y yo me fui hasta la gran sala del sidatorio a esperar a
que me trajeran el auto… porque no se me había permitido parquearlo por
mí misma.
Entonces me percaté de algo que no había visto hasta ahora absorta en la
historia de mi entrevistado, ¡aquel lugar era fantasmal! Durante la
entrevista no había visto a nadie paseándose por el magnífico jardín, no
había oído una sola voz… el único de los internos que vi fue un
homosexual, con su consabido mono, que estaba limpiando el gran salón
donde yo esperaba. ¡También eran sirvientes!
[i] Veguilla fue un actor de Cubana de Acero que el gobierno cubano
utilizó arteramente para informar que en Cuba había SIDA. Ya los hombres
con SIDA eran montones, provenientes de las guerras de conquista en
África, pero el Granma esperó a que hubiera un caso de un actor que
venía de una gira por Nueva York. No conocí a Veguilla de cerca, pero
sus muchos excompañeros que viven en Miami, debían algún día hacerle un
recordatorio.
[ii] A los que se portaban bien, es decir, militantes del Partido, les
permitían una vez cada tres meses ir un fin de semana a su casa… con un
guardián que los llevaba y los recogía.
[iii] No hay peor homófobo que un homosexual en el closet.
[iv] No me dijo, pero estoy casi segura que fue la policía.

Source: El "sidatorio" - Artículos - Cuba - Cuba Encuentro -
http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/el-sidatorio-324004

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